1. Triunfar [boceto]
Cagarse en Dios no es suficiente, hay que quedarse sin papel. Revolverse. Amputarse a uno mismo de la ecuación.
Cagarse en Dios no es suficiente, hay que quedarse sin papel. Revolverse. Amputarse a uno mismo de la ecuación.
No es tan difícil si lo analizas con la cabeza fría: la anticipación es parte de la experiencia. La anticipación es la madre de todo disfrute. De las carreras, las apuestas, eternamente ligadas a la incertidumbre respirada antes de elegir narrativa que las justifique. De los combates, la entrada y las presentaciones, esa voz familiar que nos desentraña el origen de cada luchador para que sintamos los golpes. De cada concierto, los teloneros.
Esa fue mi primera sugerencia para David y para Sony. Usad teloneros, capullos. Que la gente os sitúe por encima de algo, aunque todavía estéis empezando a tocar en salas. Incluso dentro del underground hay ligas. Traed a vuestro amigo el que rapea medio bien, dadle motivos para que os agradezca el estar allí – ya puestos a exprimir los lujos de estar en escena – y contratad a un tipo de voz solemne que os presente como si le fuera la vida en ello. ¿A quién corearíais si estuvieseis en pista?
Ancladlos a creer que hay un podio: un podio donde el público está abajo, recibiendo el mejor show posible. Vuestro amigo, que no es muy conocido pero apunta maneras y tiene potencial, en medio. Hay talento. De ahí al techo. Y arriba – aunque todavía no seáis nada – vosotros, los artistas.
Contaréis la historia de delante hacia atrás, pues vosotros sois los protagonistas que saben a dónde apuntaban desde el inicio. ¿Cuál es la historia del caballo ganador? Copiadla. Nadie creía en vosotros, elemento común de los músicos frustrados que dan sentido retrospectivo a su discurso. Sois los que supieron sobreponerse e ir en contra, cada contratiempo era necesario. Cada rechazo era una razón más para seguir. Cuantas más pedradas - siempre que sobrevivamos a ellas - mejor.
Eso contaremos. Vosotros sois los elegidos. Los que sabían que llenarían un estadio algún día, cuya puesta en escena en esa pequeña sala de la calle La Palma sería parte inevitable del camino hacia el éxito, y por lo tanto, necesaria para el mismo. Estáis allí de manera tan tangible como os imagináis estando en el siguiente de los pasos de la fama.
Estamos en la Palma y en un estadio a la vez, con la misma voz rasgada. Estamos en la cuerda, mascando la tensión. Estamos en el slackline, igual que el ángel y el demonio que hacen equilibrio sobre nuestras clavículas, viendo el origen y el resultado de aguantar la respiración cuando nos retan a batirnos. Nos vemos en la bola de cristal, nos quema con su certeza. El futuro tiene tanto calado como el pasado en vuestra historia porque la fe en vuestro éxito es inquebrantable, y por ende vuestro destino es una línea recta.
Por eso ponemos teloneros, joder, Sony, y por eso mismo los pagamos con dinero de nuestros tres bolsillos. Por eso el speaker hoy bebe copas gratis a nuestra costa y mañana se levantará cero euros y una resaca más rico. Cada golpe nos duele en la fe y en la cartera, lo sentimos como un hijo. Ha de dolernos. Esta es nuestra historia, y en ella sois luchadores. Me incluyo. Somos luchadores.
No dejaremos de movernos hasta que nos tumben, aunque encontremos tiempo para microdescansos entre el bullicio. Descansaremos cuando estemos muertos, eso ya nos ha quedado claro. Ese ha sido el discurso antes de ponernos en marcha. Sony no me cree del todo, pero tiene chispa. David sabe que lo que digo tiene sentido. Les miro mientras el tren adormece al resto de personas normales que viajan en él, de camino a Alicante. David, Sony. Ambos son un calco con pocos años de diferencia, ninguno de ellos destaca por su madurez humorística. No es la primera vez que uno de ellos achina los ojos con los dedos cuando pasa por nuestro vagón un hombre asiático, ni será la última. Uno de ellos, lleno de malicia, me mira por el hueco entre los asientos del tren, con su inagotable pila social atada a mí como una batería. Se ríe y me hace reír, muevo el cuello regurgitando su comedia, sus vueltas al mismo chiste sobre afilar la mirada. Capullo.
David es el mayor. Tiene la cabeza caliente y rapada, a excepción de una línea de pelo de estilo rabioso que cruza su centro en todo su esplendor. No solo tiene la cabeza llena de sueños sobre éxito, si no de todo lo que pueda embestir por el camino. Fiesta, chicas, diferentes tipos de viales, pastillas, polvos y lo que él llamará de ahora en adelante turulos que suele apuntar en una libreta. Si se le puede aplicar el verbo liar, ese sustantivo (persona, animal o cosa) le gusta. Le gusta liarse, ser liado, que le líen. Liam Neeson en la película Venganza. No ha salido de un lío y ha entrado en dos nuevos, como si se desafiase a abrir una rama temporal nueva mientras los policías de otras varias lo persiguen. Es actor, director, crítico y espectador de su propia función, en la que busca con éxito doblar las esquinas para sorprenderse a sí mismo, ramalazos de lucidez mediante.
Sony es el menor. Su cabeza echa humo, que es como decir que David le sirve de faro y él se mide contra una mesa de ping-pong con una mitad alzada que le devuelve las bolas. Confía en el éxito tanto como en volver a casa a dedo cada noche, algo que le convierte en un ser adaptativo y feroz. La fiesta podría enterrarlo, la resaca hacerlo dormir días bajo tierra y él se levantaría el lunes a las seis de la tarde, escarbando con las uñas una salida a través del terruño. Si dieran céntimos por resucitar, él tendría seis o siete céntimos en su mesilla, ganados a pulso, bocanadas de aire arrancadas al último segundo de reloj que le trajeron de vuelta de un mal viaje. Tampoco le hace ascos a ninguna sustancia.
Sony dice que atrae todo eso, yo le digo que si apuntara todas sus decisiones en el calendario descubriría el imán. Él es, ante todo, un imán.
— El concierto saldrá bien, Moira. – dice David dirigiéndose a mí con apenas un cabezazo, tranquilizándome con su voz de ultratumba. Ellos dos me llaman Moira, aunque me llamo Carla. Sospecho que David ha esperado a salir del vagón para decírmelo y no molestar a la gente dormida. Lo conozco: su coherencia es sólida pero apenas perceptible, y es difícil de leer en su apariencia el hecho de que no le gusta tanto como a su colega llamar la atención. Es bueno e intenta ser malo, y en ambos casos le sale fenomenal el acting.
— No son nervios, es entusiasmo. Ya verás.
Esta noche nos toca actuar fuera de casa, en Alicante. Mi actuación es igual de importante que la suya, si no más. Hacer contactos como si fuera yo la que les estoy haciendo un favor a mis interlocutores. Todo es perceptivo, incluso la pasta que hemos palmado en llegar hasta aquí. Algo - espero que no el karma - nos la acabará devolviendo en forma de éxito desmedido. La historia que nos contamos y la que sucede difieren en algunos detalles. Yo me encargo de que esa diferencia sea suficiente como para hacer relucir lo que hace falta para mejorar, y de que mis propuestas se pongan en valor. No soy egoísta, solo orgullosa. Reconozco mis errores cuando toca, pero me gusta que se hable de lo que hago bien. Además, me gusta el sonido de mi nombre: diría que lo amo cuando es una buena noticia y me excita oírlo cuando es rodeado de alguna mala.
Ser mánager tiene sus ventajas. Cuando estás a cargo de la biografía de un dueto de raperos underground tienes la licencia poética de poner lo que te salga del coño, especialmente, cuando los músicos son tus amigos y estos dependen del storytelling para ser famosos. Las palabras correctas son lo que dirige el barco, y al habla, su capitana. Es decir, ellos lo hacen flotar. Ingeniería y remos, vamos a decir, fuerza bruta y hombretones sin camiseta metafóricos. Pero yo digo a dónde vamos y si ese lugar merece la pena. Pongo dirección, y por ende, descarto toda ruta que nos deja tirados donde uno no se come un puto rosco. Yo nos amarro al mástil si vienen sirenas, porque soy ante todo una puesta en práctica de la esquiva, la tipa que aprovecha las cosas de las que la gente piensa 'ojalá haber empezado antes' porque ya piensa en las que vendrán después.
Ellos hacen el esfuerzo visible, yo pongo las vías: hago que su sudor merezca la pena y le doy publicidad con alcance a una música igual de buena que la que podrías hacer metido en un búnker insonorizado. No digo que sea mala, no lo es. Lo que quiero decir es que la música no es el factor diferencial. A veces me olvido de las letras, entre ellas se parecen. Hablan de ellos, de nosotros, de dinero y de una fama que no tienen, de todo a la vez. De fiesta, de dolor, de incongruencias, de creerse cada uno el número uno, de unos haters que son hombres de paja. No lo sé, la mayor parte de las veces las escucho de fondo mientras hago como que uno de los contactos que me interesa no me interesa tanto y presto atención desmedida a un mindundi del que no recuerdo el nombre, al que le he soplado la nuca diciéndole que tiene talento.
Lo dicho, la música es solo una vía para que nosotros tres salgamos del mundo para el que el resto finge una buena cara. Los tengo donde quiero, rogando por atención. Haré que lleguemos lejos. No me arrepiento de nada: llegaremos lejos. Tengo convicción y ninguna experiencia, y con eso me basta. Es mi primera vez buscando la fama mediante el olfato.
— ¿Alguien ha visto mi puta riñonera? - escucho decir a Sony, que se la encontrará enganchada a su cuello de un momento a otro.
— Yo estoy preparado para salir. - dice David, que nunca no ha estado preparado para salir.
El concierto ha terminado con éxito, tal y como la voz de David había augurado tronando. Yo he dejado un par de rotus para que hagan firmas, pagado de manera improvisada a un cámara para que inmortalice las gotas de sudor de la cara de David y a este último le he hecho abandonar el lugar como si necesitara escolta. Si él fuera un sentido, sería la vista: una vista aguda y entrecerrada, de halcón que acecha desde lejos. Con sus ojos habría cubierto casi todos los demás sentidos, pues su vista saboreaba y mordía, palpaba y amasaba los oídos, sentaba cátedra y escuchaba al cesar.
Si me preguntasen en una habitación sin testigos, habría dicho que sin lugar a dudas, David ha sido siempre el más talentoso de los dos, destacando como el mejor letrista. Carismático, gracias a él cada concierto es el mejor hasta la fecha. Los abrazos del público se mezclan con los silbidos y funcionan como una mecha, a lo que Sony responde con la energía de un Sex Pistol. Se le da fenomenal y convence a la multitud. En conjunto, son como un elefante en un concurso de destrozar cacharrerías.
Estamos dejando de poder saludar a todos los que vienen, pues hemos vendido todas las entradas de lugares cada vez más grandes. Esta es la línea recta que seguimos, el estadio nos espera, todavía a unos añitos y un par de explosiones de suerte causadas por la bola de demolición que conduzco. Alicante será el último concierto antes de volver a casa.
Dentro de poco seremos ciento veinte; ya tengo estudiada la sala y el público de Madrid tendrá más ganas, si cabe, tras unos meses de parón. Si ninguno de los capullos que escriben y cantan se destroza la vida por el camino, esto podría salir bien. Si uno de ellos la palma, todavía puedo arreglármelas para contar una historia potable de superación con el que me quede. Es broma, mujer, le digo a la periodista que yo misma he embaucado a la salida del último concierto, a la que le cuento mis pensamientos intrusivos. Es broma, estamos pegados con pegamento. Los tres gritamos atrapados en la misma camisa de fuerza.
A veces echo de menos una tarde tranquila, tirada en casa, quemando mi pijama de tanto uso al recrearme en el sofá. Siendo sincera, el noventa y nueve por ciento de los días estaría donde estoy, sabiendo que siempre que me preguntan por mi cansancio, desde que empezamos con el grupo, digo que nunca hasta la fecha había estado tan cansada.
Esa es otra de mis habilidosas habilidades: si me preguntan con la guardia baja, no sé mentir. Una vez, después de dos días sin pegar ojo, Sony me preguntó por qué hacía tanto hincapié en lo del éxito, si de verdad hacía falta convencer al público.
— ¿Qué coño, el público? Os estoy convenciendo a vosotros, Sony, joder.